Había un terreno lleno de olivos viejos y tierra roja, con un pozo en el centro que parecía custodiar la memoria del lugar. A simple vista, no era más que campo: ramas torcidas, hierba seca y el silencio del viento. Pero alguien lo miró distinto.
El comprador no lo vio solo como tierra para cultivar, sino como la raíz de un proyecto. Soñaba con levantar allí estructuras redondas —domos blancos que parecieran lunas apoyadas sobre la tierra—. Imaginaba un espacio cercado, no para separar, sino para proteger. Dentro, la vida: animales que trajeran movimiento y calor; y personas, artistas, que llegaran buscando algo que no se encuentra en las ciudades: tiempo, calma y un lugar donde crear.
El proyecto empezó con poco: limpiar el terreno, trazar caminos entre los olivos, reforzar el pozo para que volviera a dar agua. Luego llegaron los primeros muros, las primeras gallinas, y después el eco de risas de quienes se animaban a pasar una temporada en aquel rincón apartado.
Con cada paso, el lugar se fue transformando en un pequeño mundo. Un mundo donde los días comenzaban con el canto de los gallos y terminaban con conversaciones al fuego bajo cielos estrellados. Los domos se llenaron de lienzos, arcilla, cuadernos, instrumentos. Lo que antes era campo abandonado se convirtió en un refugio creativo, un laboratorio de sueños compartidos.

La visión era sencilla y a la vez enorme: que la tierra diera frutos no solo en forma de aceitunas, sino también en forma de canciones, cuadros, esculturas, novelas, amistades y memorias.
Con el tiempo, la finca pasó a ser más que un terreno vallado: se convirtió en un lugar con alma. Un hogar para quienes buscaban reencontrarse con lo esencial, donde los olivos ya no eran solo árboles, sino testigos de un nuevo modo de vivir y de crear.
